domingo, 18 de septiembre de 2011

FE.

I.  Del AT (raíz hebr. 'mn, como amén, lo firme, válido, que inspira confianza y da seguridad) recibe «fe» sus connotaciones de «confianza» (fiarse de) y esperanza; de ahí las construcciones «creer en», "fiarse de», «creer que».
Fe, en general, es una respuesta humana libre y positiva a una interpelación divina; la clase de fe depende de la clase o calidad de la interpelación. La fe cristiana es la respuesta a la interpelación de Dios verificada en Jesús, prueba de su amor sin límites a la humanidad Un 3,16). La respuesta de fe (cf. Rom 1,5) consiste en aceptar a Jesús Un 1,12) como muestra del amor de Dios a los hombres, dando una adhesión incondicional a su persona (Mc 3,14: "para que estuviesen con él») y proponiéndose colaborar en su obra de salvación (Mc  ibid.: «y para enviarlos a predicar»; Jn 3,16s). Lleva consigo un cambio de vida (Mc 1,15: «Enmendaos»).

II. En los sinópticos, el término "fe» se encuentra siempre en boca de Jesús (excepto en Mc 2,5 par., pero con referencia a Jesús). Lo mismo, casi siempre, el verbo «creer». Fe en Dios (Me 11,22), en Jesús (Mt 18,6), creer a Juan Bautista (Mt 21,32), la buena noticia (Mc 1,15); en relatos de curación indica confianza en la bondad de Jesús y la certeza de su poder (Mt 9,28; Mc 5,36; 9,23s; Le 8,24); la eficacia de la oración depende de la fe (Mt 8,13; 21,22; Me 11,23). La falta de fe/adhesión se muestra en el temor (Mt 8,26; Me 4,40), en la duda (Mt 14,31), en la torpeza para entender (Mt 16,8), impide liberar a otros (Mt 17,20), es falta de confianza en Dios (Mt 6,30; Lc 12,28).
La fe «salva» o «cura» (Mt 9,22; Mc 5,34; 10,52; Lc 7,50; 8,48; 17,19), realiza lo que parece imposible (Mt 17,20; Mc 11,23s; Le 17,6, expresiones para indicar la caída del sistema opresor). Jesús espera fe de sus discípulos (Mt 6,30; Mc 4,40; Le 12,28; 22,32).

III. En Jn, la «fe/adhesión a Jesús» (2,11; 3,15, etc.), cuando es plena equivale a dar la adhesión a Jesús como Mesías e Hijo de Dios (20,31), enviado de! Padre (11,42), consagrado por Dios (6,69), creer que e! Padre está con él y 'él con e! Padre (14,10), que ha salido de junto al Padre (16,17); «dar la adhesión al Hombre» (9,35), a la luz (12,36), creer a Jesús (10,37). Sinónimos de «creer/dar la adhesión a Jesús»: «acercarse» (5,40; 6,35), «aceptado» (1,12; 5,43), «amado" (14,15,23s).
IV. En los escritos apostólicos, fe es la respuesta de adhesión al mensaje (Rom 1,5; 15,18; 16,19; d. 1 Tes 1,6; Col 3,16; hay paralelismo entre akoé, lo que se escucha, e hypakoe, la respuesta a lo que se escucha, Rom 10,17; Gál 3,2.5; 1 Pe 1,22), a la verdad o a la buena noticia (Col 1,5; 1 Pe 1,22; cf. Sant 1,18). Por eso supone un conocimiento, tiene un contenido intelectual (Rom 6,8s; 10,9-14; 1 Cor 15,11). Pero el mensaje no es pura información, sino invitación personal de Dios al hombre, que pide una decisión; por eso la fe es compromiso de vida (Rom 6,10s; 1 Pe 3,21); por la fe/adhesión a Jesús concede Dios e! Espíritu (Gál 3,14; d. 3,2.5) Y el perdón de los pecados (Hch 10,43).

Fe verdadera «<los que creen en él») que recibe el Espíritu sin bautismo (Hch 10,43s), como e! día de Pentecostés (Hch 2,4; 11,15). Fe defectuosa (vcreyeron a Felipe»), que no recibe e! Espíritu a pesar del bautismo (Hch 8,12.14-16).

La fe es también una actitud permanente hacia Dios (Mc 11, 22; 1 Tes 1,8; 1 Pe 1,21). Por la fe, el hombre se fía de Dios, cree en él (1 Tes 1,8), se fía de su acción (Rom 10,9) y de su promesa (fe-esperanza, Rom 4,18-20).
La fe, por tanto, comienza y constituye la nueva relación con Dios (cf. Jn 1,12s); como respuesta, depende del previo llamamiento (favor o gracia) divino; como actitud, por ser relación, no es una «obra» que puede existir como algo realizado, independiente de su término, y excluye todo orgullo basado en la propia eficacia (Rom 3,27; d. 1 Cor 1,31; 4,7; Le 18,9-14). Por ser relación, no concentra al hombre en sí mismo, sino lo abre y lo centra en Dios (cf. Rom 6,11) y en Jesús (cf. Rom 14,8; 2 Cor 5,15). La fe, como actitud de adhesión equivale al amor de identificación con e! Padre y con Jesús. Examinar si uno se mantiene en actitud de fe (2 Cor 13,5; cf. 1 Cor 10,12; 16,13).

V. En Pablo, sólo la fe, no las obras, es condición para ser rehabilitado por Dios (Rom 3,28.30; 4,6.13.24; 5,1, etc.; d. 1, 17). Las obras, sin embargo, son la expresión normal y necesaria de la fe, y se resumen en e! amor fraterno (13,8-10), «la fe que se traduce en amor» (Gál 5,6). Para Santiago, la fe que no se demuestra con obras es un cadáver (2,26), no salva (2,14; d. Mt 7,17.21.26); la fe va madurando con las obras (2,22).
Por el Espíritu que Dios comunica al que cree (Rom 8,15; Gál 4,6), la fe libera de la Ley, que era un estadio infantil (Gál 3,23-25), da la condición de hijo en vez de esclavo (ibid. 3,26; 4,7), Y hace herederos de Dios con Cristo (Rom 8,17; GáI4,7).
VI. En Jn se establece la oposición entre fe y mundo; fe es optar por Dios contra e! mundo Un 17,8.14.16), es decir, renunciar a la escala de valores del mundo y adoptar la de Dios, manifiesta en Jesús (1 Jn 2,16).

La fe acepta que Dios se revele por medio de Jesús-hombre Un 1,14; cf. 6,42) Y descubre en él al enviado de Dios Un 6,29; 12,44) Y alHijo (6,40; d. 20,31), tomando su vida como regla de conducta (13,34s; 17,14; cf. 1 Jn 2,6). Quien cree que Jesús es e! Mesías, Hijo de Dios, y le da su adhesión, ha nacido de Dios (1 Jn 5,1; cf. Mt 16,16), para él no hay juicio (Jn 3,18), ha pasado de la muerte a la vida (5,24), tiene vida definitiva (3,36; 5,24; 1 Jn 5,13), vence al mundo (1 Jn 5,5), obtiene la resurrección (6,40).
Unión entre fe y amor fraterno: lo mismo «e! que cree» (Jn 5,24), como «e! que ama a sus hermanos» (1 Jn 3,14) han pasado de la muerte a la vida. Quien busca honor humano no puede creer en Jesús (Jn 5,44; 12,43).
VII. La fe, la esperanza y e! amor fraterno constituyen la vida cristiana (1 Cor 13,13; 1 Tes 1,3). Da confianza y seguridad (Ef 3,12), pero ésta no estriba en las obras, sino en la fidelidad y amor de Dios al hombre (cf. Rom 5,8-10; 1 Cor 1,9). Una fórmula que resume la fe cristiana es «Jesús (o Jesús Mesías) es Señor» (1 Cor 12,3; Flp 2,11; cf. 1 Pe 3,15), equivalente a la fe en su resurrección (Rom 10,9), que incluye la esperanza en la resurrección de los fieles (1 Cor 15,12s) y afirma la divinidad de Jesús Mesías (Flp 2,6-11). La fórmula de Jn es «Jesús es Mesías e Hijo de Dios» (Jn 20,31; 1 Jn 5,1-5; d. Mt 16,16), que pone más de relieve la misión de Jesús y justifica su seguimiento. También, «Señor mío y Dios mío», en boca de Tomás (20,28).

jueves, 8 de septiembre de 2011

EUCARISTÍA.

I.                    La acción de gracias, como la bendición o alabanza a Dios, actitud de la vida cristiana (Mt 11,25; Lc 10,21; Jn 11,41; Rom 1,8; 7,25; 1 Cor 1,4 etc.).

II.                 Jesús instituye la eucaristía en la última cena. El significado de la eucaristía se basa en el de la comida en común como causa y señal de amistad/hermandad, según el siguiente simbolismo: a) el alimento es factor de vida; b) participar del mismo alimento equivale a participar de la misma vida; e) quienes participan de la misma vida son hermanos. En la eucaristía, Jesús eleva este simbolismo a un nivel superior: a) él es «el pan/alimento de vida» Un 6,35); b) asimilarse a Jesús significa participar de su vida/Espíritu Un 6,54); c) los participantes se hacen hermanos/amigos entre ellos y de Jesús Un 20,17; 15,14s).  

La eucaristía es, pues, para el seguidor, un compromiso de asimilación a Jesús en su vida y en su entrega final (Jn 5: carne y sangre), que produce una identificación con él Un 6,56); Renueva, por tanto, el seguimiento inicial, aceptando de nuevo sus condiciones.  

III.                «Bendición» equivale a «acción de gracias» (cf. Mt 14,19; 15,36; 26,26 par.). Relatos de la eucaristía: Mt 26,26-28; Mc 14,22,24; Lc 22,17-19; 1 Cor 11,23-25. Acciones: coger el pan/la copa, pronunciar la bendición/acción de gracias, partir (el pan), dar o repartir con las palabras de explicación. 1 Cor 11,14s añade las palabras de institución: «Haced lo mismo en memoria mía».  

Fórmulas para el pan: Mc: «Tomad, esto es mi cuerpo». Mt: «Tomad, comed, esto es mi cuerpo». Lc: «Esto es mi cuerpo». 1 Cor: «Esto es mi cuerpo, que se entrega Po! vosotros; haced lo mismo en memoria mía».  

Fórmulas para la copa: Mc (cuando ya todos han bebido): «Ésta es la sangre de la alianza mía, que se derrama por todos» (cf. Éx 24,8). Mt: «Bebed todos, que ésta es la sangre de la alianza mía, que se derrama por todos para el perdón de los pecados». Lc omite. 1 Cor: «Esta copa es la nueva alianza (cf. Jr 31,33) sellada con mi sangre; cada vez que bebáis, haced lo mismo en memoria mía».  

IV.               Jesús reparte el pan durante la cena «<mientras comían», Mt 26,26; Mc 14,22); según 1 Cor 11,25, distribuyó la copa después de cenar. En Corinto, la eucaristía (11,20: «la cena del Señor») se realizaba al final de una cena que debía expresar la fraternidad, pero que, por las diferencias sociales, causaba desunión (1 Cor 11,17-34). La participación del pan/cuerpo de Cristo crea la comunidad/cuerpo de Cristo (1 Cor 10,17); no se puede ofender a uno sin ofender al otro (11,28s; cf. 10,1-12). La cena del Señor se celebra esperando su venida, es decir, la realización del designio divino (11,26; cf. Mt 6,10), como anticipación del banquete del Reino (Mt 6,11).  

No se debe pronunciar la acción de gracias (oración eucarística) en lenguas incomprensibles (1 Cor 14,165).  

V.                 Jn no narra la institución: donde Mt y Mc colocan la eucaristía, entre el anuncio de la traición de Judas y el de las negaciones de Pedro, Jn coloca el nuevo mandamiento (13,34s), el de un amor a los hermanos como el de Jesús, código de la nueva alianza, inaugurada con la sangre de Jesús (1 Cor 11,25).

  En el discurso del pan de vida, en vez de "cuerpo" usa "carne"/hombre mortal.      
      
VI.  En Hch, se designa la eucaristía con la frase «partir el pan» (2,42.46; 20,7.11), según el relato de Le 22,17-19, que omite la mención de una copa después del reparto del pan. Es una comida en común, celebrada en las casas en atmósfera de alegría (2,46s). De ahí las comunidades domésticas (Rom 16,5; 1 Cor 16,19; Col 4,5).

sábado, 27 de agosto de 2011

ESPÍRITU.


I. Tanto en griego como en hebreo, el término significa primariamente «viento», «aliento», que implican respectivamente «fuerza» e «interioridad vital. y designa secundariamente realidades no perceptibles con los sentidos; de ahí el juego entre «viento» y «espíritu» en Jn 3,5-8.  
II. Espíritu del hombre (Mt 26,41, en opos. a «carne»; 1 Cor 2,11; 2 Cor 7,1.13) y, por extensión, la persona (“vosotros», Gál 6,18; Flp 4,23; Flm 25; cf. Rom 1,9: «con toda mi alma»).
En Mt 5,3 denota la interioridad del hombre en cuanto dinámica (acto de conocimiento o voluntad, o expresión de sentimiento), por oposición a «corazón» (Mt 5,7), que denota la interioridad estática o permanente (ideología, disposiciones, amores u odios). En el contexto de 5,3 denota primariamente e! acto de voluntad o decisión personal (<<los que deciden/eligen ser pobres»), Acto de conocimiento, en Mc 2,8 (<<intuyendo», lit. «conociendo con su espíritu»): expresión de sentimiento, en Mc 8,12 «<dando un profundo suspiro», lit. «suspirando con su espíritu»), Lc 1,47 «<exulta mi espíritu».
III. Espíritu inmundo, fuerza (espíritu) exterior inaceptable para Dios (inmundo) que despersonaliza al hombre que la acepta, impidiéndole e! uso de su razón, suprimiendo su libertad y dominando su actividad. En los sinópticos, este antiguo concepto designa el fanatismo producido por una ideología de violencia, tanto la nacionalista judía (Mc 1,23.28; 3,l1s; 9,25) como la de los esclavos paganos en rebelión (Mc  5,2-5 par.; 7,25 par.). Cuando el fanatismo se muestra habitual y públicamente, se le llama también «demonio» (Mc 1,32.34; 3,22).
Liberar al hombre de los espíritus inmundos es señal de que llega el reinado de Dios (Mt 12,28; Le 11,20), por eso a la proclamación se une la autoridad para expulsar demonios (Mt 10,1.7s; Mc 3,14s; 6,7; Lc 9,ls; 10,17). La falta de fe/adhesión a Jesús impide expulsar el espíritu inmundo (Mc 9,18.28 par.).
IV. El Espíritu de Dios (Mt 3,16; 12,28; Rom 8,9; 1 Cor 2,11; 3,16; 2 Cor 3,3; Flp 3,3; 1 Pe 4,14; 1 Jn 4,2) o del Señor (Lc 4,8, cf. Is 61,1; Hch 5,9; 8,39) o de vuestro Padre (Mt 10,20) o de Jesús (Hch 16,7) o del Mesías (Rom 8,9; 1 Pe 1,11) o de Jesús Mesías (Flp 1,19) o de su Hijo (Gál 4,6), Santo/santificador (Mc 1,8) o simplemente el Espíritu (Mc 1,10.12).
El Espíritu es la fuerza (Mt 12,28; Hch 1,8; 1 Cor 2,4) de vida de Dios mismo (Rom 8,2), que se identifica con su amor y da al hombre la libertad (2 Cor 3,17). Es fuerza creadora, de él tiene origen la humanidad de Jesús, que da comienzo a una nueva humanidad (Mt 1,18-20; Lc 1,35); en el bautismo, bajá y permanece en Jesús (Me 1,9s par.). Jesús portador del Espíritu (Mt 12,18; Lc 4,18); a partir de su muerte-resurrección, dador del Espíritu (Jn 7,39; Hch 2,33).

a) Símbolos del Espíritu: paloma, espíritu creador, Cf. Gn 1,2 (Mc 1,10 par.); viento, fuerza (Jn 3,8; Hch 2,2); lenguas de fuego, fuerza de convicción; lluvía que empapa y fecunda (<<bautismo con Espíritu Santo» Mc 1,8; 1 Cor 12,13; cf. Sal 63,2), agua (Jn 7,38s; se derrama, cf. Hch 2,17s; Rom 5,5); sello, que hace de los cristianos propiedad de Dios (2 CoI: 1,22; Ef 1,13).
b) Como estaba anunciado (Jl 3,1), Dios derrama su Espíritu sobre todo hombre, por medio de Jesús exaltado (Hch 2,17.33; 10,44-47; 11,15). Espíritu = don de Dios por excelencia (Hch 2,38; 8,20; 10,45; 11,17) para todo el que responde al mensaje con la fe/adhesión a Jesús, independientemente del bautismo (Hch 2,4; 10,44-47) o en el bautismo (9,17s; 19,6). Si anormalmente el don del Espíritu no acompaña al bautismo, hay que suplir con la oración (Hch 8,15-17). Efectos del Espíritu, hablar en lenguas o inspirados (Hch 2,4; 10,45s; 19,6).
c) El Espíritu está en el hombre rehabilitado por Dios (Rom 8,9; 1 Cor 3,16) y lo consagra (1 Pe 1,2); da la experiencia del amor que Dios tiene al hombre (Rom 5,5), hace hijos de Dios (Rom 8,15s; Gál 4,6s), libera al hombre de la tiranía del pecado y de la muerte (Rom 8,2) y del dominio de los bajos instintos (8,9; Gál 5,16); es primicia de la gloria futura (Rom 8,23) y su garantía (2 Cor 1,22; 5,5; Ef 1,14). Fruto del Espíritu (= madurez cristiana) (Gál 5,22); la libertad, efecto propio del Espíritu (2 Cor 3,17); anima a la Iglesia (Hch 9,31), guía su actividad (Hch 8,29.39; 10,19; 11,12; 13,2; 15,28); crea la unidad (Ef 4,3), su voz es la de Jesús (Ap 2,7.11, etc.); es abogado o valedor de la comunidad cristiana frente al mundo Un 14,16.26; 16,3).
d) Existe oposición entre la ley escrita, propia del AT, y la guía del Espíritu, propia del NT (2 Cor 3,6), que equivale a oposición entre muerte y vida (Rom 7,5; 8,2.6; 2 Cor 3,6), entre esclavitud y condición de hijos (Rom 8,15; Gál 4,7), entre temor y libertad (Rom 8,15). Conforma el modo de pensar al de Cristo (1 Cor 2,16) y da capacidad para juzgar con el criterio del Espíritu (1 Cor 2,14s).
Acción especial del Espíritu en el momento de la persecución (Mt 10,20; Mc 13,11; Lc 12,12); puede «llenar» a una persona y dar habilidad para expresarse (Lc 1,41.67; Hch 4,8.31; 6,5) o eficacia a sus palabras (Hch 13,9).
e) Inspiró a los profetas del AT (Hch 28,25; Heb 10,15; 2 Pe 1,21) Y al salmista (Mt 22,43; Heb 3,7); inspira a los profetas del Nuevo (Hch 11,28; 1 Pe 1,11). Su acción se manifiesta en la asamblea cristiana (1 Cor 14,23s.26; Ef 5,18s); no como premio a la observancia de la Ley, sino como respuesta a la fe (Gál 3,2.5).
V. Jn emplea el término pneuma solamente en sentido positivo (no menciona «espíritus inrnundos»). Ordinariamente designa al Espíritu divino, una vez el pneuma de Jesús (11,33), dos veces el «hombre-espíritu» (3,6; 7,39). En Jn, el gran símbolo del Espíritu es el agua, que significa vida, fecundidad, satisfacción de 1as aspiraciones (sed) del hombre. En el contexto de la boda-alianza, lo es el vino, símbolo de la alegría y el amor.
El Espíritu que baja del cielo sobre Jesús y permanece en él (1,32s) es la riqueza/gloria del Padre, su amor leal, cuya plenitud comunica al Hijo único (1,14). De ahí el paralelo entre las expresiones «amor y lealtad» (1,14) y «Espíritu y lealtad» (4, 23s).
VI. Dios es Espíritu, es decir, fuerza de vida/amor (4,24; cf. 1 Jn 4.8: «Dios es amor»). Al bajar el Espíritu sobre Jesús y permanecer en él de forma estable (1,32s) realiza en su condición humana el proyecto divino (1,14: el Proyecto hecho «carnes/hombre), haciendo de Jesús el Hombre acabado, el modelo de Hombre (el Hijo del hombre); la condición humana llega así a su cumbre, al ser el Hombre «el Hijo de Dios» (1,34), el Dios engendrado (1,18; d. 20,28), en quien se hace visible el Padre (12,14;14,9) (línea de la creación). Al mismo tiempo, el Espíritu lo consagra Mesías (1,41; 6,69; 10,36; 17,19), nuevo David (1,32.33, cf. 1 Sm 16,13) (línea de la Alianza-Pascua o de la liberación/salvación, cf. Introd. a Juan). La salvación se efectúa dando remate a la creación.

La misión de Jesús como Mesías es comunicar el Espíritu (1,33), simbolizado por el agua del costado (19,34); por ella, el hombre «nace de nuevo/de arriba» (3,3.7). En la muerte de Jesús, la manifestación de la gloria/amor del Padre coincide con la entrega del Espíritu/amor (13,31s; 17,1), culminación de su obra (19,30.34). 
La plenitud de la gloria/Espíritu que reside en Jesús hace de él el santuario de Dios (1,14; 2,19.21), el nuevo templo de donde fluyen los ríos del Espíritu (7,38s); los que le dan su adhesión pueden beber de este agua viva (7,38s), participando así de su plenitud (1,16).
La comunicación del Espíritu (Mc 1,8 par.) caracteriza a la nueva alianza, sustituyendo a la Ley (1,17: «amor y lealtad» = Espíritu). 
VII. a) La comunicación al hombre del Espíritu/amor produce una separación (consagración) o ruptura consumada con "el mundo», liberándolo del «pecado del mundo» (1,29), la integración en el orden injusto (8,23). «El mundo» o sistema de injusticia está caracterizado por su actitud en contra de la vida y del hombre (8, 44: homicida y mentiroso); el Espíritu/amor leal efectúa la separación por el cambio de actitud hacia el hombre.

b) Con otra imagen, el Espíritu, principio vital, realiza -en el hombre un «nuevo nacimiento» (3,3.5.7), que se contrapone al de «la carne» (3,6) y hace superar esa condición, caracterizada por la debilidad; lleva así a término la obra creadora (cf. 20,22: «sopló», línea de la creación). En otras palabras, el hombre no llega a serio del todo mientras no posea la capacidad de amar que comunica el espíritu; así completado, es «espíritu» (3,6; 7,39), semejante a Dios (4,24). «Nacer del Espíritu» significa «nacer de Dios» (1,13), recibir la capacidad de «hacerse hijo de Dios» (1,12) por la semejanza con él que produce la práctica de! Amor.
c) El Espíritu comunicado al hombre, simbolizado por el agua viva y vivificante (4,14), se convierte en un manantial interior que vivifica el ser y la actividad de cada uno; es principio personalizante, que desarrolla las capacidades del hombre y produce vida definitiva (4,14; 6,63).
d) La práctica del amor leal, para la que capacita el Espíritu, es el único culto que e! Padre acepta (4,23s).
e) Las exigencias de Jesús son Espíritu y, en consecuencia, son vida (Espíritu principio vital), pues su práctica comunica el Espíritu sin medida (3,34); la práctica del amor es fuente inagotable de Espíritu.
VIII. En la comunidad, el Espíritu es el valedor permanente que le da seguridad (14,16s). Él le enseña, recordándole el mensaje de Jesús: la experiencia de! Espíritu recibido descubre el sentido de sus palabras (14,26). Es el Espíritu de la verdad porque actualiza el mensaje de Jesús (el del amor hasta el extremo), que es «la verdad» (14,6), y porque, al ser aceptado, la experiencia de vida que produce hace conocer la verdad (8,31s).
La venida del Espíritu a la comunidad se identifica con la de Jesús (14,17 -19); el nuevo valedor no lo sustituye, sino que lo hace presente, interiorizando a Jesús en los discípulos; es una nueva calidad de presencia y ayuda de Jesús mismo; no externa, como antes de su muerte-exaltación, sino interior (14,17).
En la comunidad, el Espíritu da testimonio de Jesús (15,26) Mesías e Hijo de Dios (d. 20,31). Los discípulos, a su vez, lo dan en medio del mundo (15,26). El contenido del testimonio no es e! enunciado de una verdad, sino la persona misma de Jesús vivo, cuya presencia se percibe por «sus obras»: la transformación que produce e! Espíritu en los que dan su adhesión a Jesús.
El Espíritu crea la unidad (17,11b.21-23) y da la experiencia interior de ella (14,20); consagra a los discípulos para la misión, que es la de Jesús (17,17s; 20,21s). Él los sostiene frente a la hostilidad del mundo, dándoles la seguridad en su postura (16,17-11). Él les irá interpretando los acontecimientos, capacitándolos así para una misión eficaz (16,13). Habla en la comunidad por medio del mensaje profético, cuyo contenido recibe de Jesús (16,14s).
IX. «Espíritu» (gr. pneuma), amor leal (kharis kai alêtheia, agápê), gloria (dóxa), vida (zôê), son términos que denotan una misma realidad, que Jesús recibe del Padre y los discípulos, a su vez, de Jesús. Se llama «Espíritu» en cuanto es la fuerza vital de Dios mismo y consagra para una misión. «Amor», en cuanto describe la naturaleza de esa fuerza vital y produce la actividad propia de la vida. «Gloria» (= esplendor, riqueza), en cuanto es posesión de la riqueza del Padre y esplendor visible de la actividad del amor. «Vida», en cuanto exalta las capacidades de! hombre y le hace superar la muerte. La «verdad», por su parte, es la experiencia formulable de la vida que produce el Espíritu y que lleva a conocer el ser de Dios (su amor) y e! del hombre (el proyecto de su amor).

ESPERANZA.

I. En los sinópticos, Jesús no predica la esperanza en abstracto, anuncia su motivo: «está cerca e! reinado de Dios» (Mc 1,15 par.). El, como Mesías, es la esperanza de las naciones (Mt 12,21; cf. Rom 15,12; Col 1,27).

II. También en Jn el término «esperanza» está ausente. La única vez que utiliza e! verbo «esperar» (5,45) se aplica a los dirigentes judíos, que ponían su esperanza en Moisés.
En la comunidad de Jesús, las realidades escatológicas están ya presentes: los que le han dado su adhesión no están sometidos a juicio (3,18; 5,24); la vida definitiva, propia de! mundo futuro, no es objeto de esperanza, sino de posesión (5,24; 6,54); el discípulo vive en unión íntima con Jesús (10,14s; 15,1ss) y e! Padre (14,23; 17,3), participando de su gloria (e! Espíritu/amor, 1,16; 17,22). La salvación no es, pues, objeto de esperanza, sino de experiencia, la de! amor de Jesús, presente en el de los hermanos.
III. En las cartas, la resurrección de Jesús, que prueba la victoria de la vida sobre la muerte, es el fundamento de la fe y de la esperanza (1 Cor 15,12-20; Ef 1,19s; 1 Pe 1,3.21); la esperanza da la certeza de la salvación (Rom 5,10; 8,31-39; cf. 1 Cor 1,8s). La Escritura, fuente de esperanza (Rom 15,4).
La fe incluye la esperanza (Rom 4,18; Heb 11,1), aunque también se distingue de ella (1 Cor 13,13). Como la fe, la esperanza nace del llamamiento de Dios (Ef 1,18; 4,4), de la buena noticia (Col 1,23). No defrauda, pues e! Espíritu da la experiencia interior del amor de Dios (Rom 5,4s). Ella es e! orgullo de! cristiano (Rom 5,2; Heb 3,6) y fuente de su ánimo (Heb 6,11.18s; 10,23; 1 Tes 5,8). Los que no tienen a Dios no tienen esperanza (Ef 2,12; 1 Tes 4,13).

ESCRITURA.

I. La mención de la Escritura es frecuente en los sinópticos (<<estaba escrito»: Mt 2,5; 4,4; 6,7.10, etc.; Mc 1,2; 7,6; 9,12s; 11,17, etc; Le 2,23; 3,4; 4,4.17; 18,31, etc; la Escritura o un pasaje: Mt 21,42; 22,49; 26,54.56; Mc 12,10.24; 14,49; Lc 4,21; 24,27.32.45).

II. Una sola vez utiliza Jn el plural (5,39: lit. «las Escrituras») para indicar el AT en cuanto es anuncio, figura y preparación del Mesías (cf. 1,46: Ley y profetas). El estudio de la Escritura no da vida definitiva (= el Espíritu), pero ella da testimonio de Jesús, el dador de vida (5,39s). El mensaje de Dios contenido en ella se verifica en las obras de Jesús (5,36; cf. 8,55). El singular griego (he graphe) denota un pasaje determinado (de un salmo: Jn 2,22; 7,38; 10,35; 13,18; 19,24. 28; 17,12 remite a 13,18; del Éxodo: 19,36; de los profetas: 17,37; 20,9 parece remitir a Is 26,10, según e! texto implícito en 16,21). En 7,42, en boca del pueblo, incluye dos textos (2 Sm 7,12 o Sal 89,34 y Miq 5,2). Las citas no son siempre literales.

Se designa también la Escritura con la fórmula «estaba escrito» (2,17; 6,31.45; 10,34; 12,14.16; 15,25). El letrero de la cruz es el título de la nueva Escritura, la definitiva (19,19-22), cuyo contenido es Jesús mismo crucificado.

En dos ocasiones se afirma que los discípulos no entendieron un pasaje de la Escritura hasta después de la muerte-resurrección de Jesús (2,17.22; 12,14.16; cf. 20,9). Para dar la adhesión a Jesús hay que partir de su persona y actividad (7,31), no de los textos escritos (7,42), que han de ser vistos a su luz.

III. Se cita también con frecuencia la Escritura en los demás escritos de! NT (cf. Hch 1,20; 7,42; 13,33; 15,15; Rom 1,17; 2,24, etc.; 1 Cor 1,19; 2 Cor 8,15; Gál 3,13; Heb 10,7; 1 Pe 1,16). En Rom 1,2 se habla de «las Escrituras santas»; argumentos de la Escritura: Rom 4,3; 9,7; 10,11; 11,2; la inspiración se afirma en 2 Tim 3,16.

ESCATOLOGÍA.

I. Según su significado, la escatología trata de la época final, y puede concebirse de dos maneras: intrahistórica o apocalíptica. La primera considera la edad última y definitiva de la historia humana; la segunda concibe un fin catastrófico de! universo y la inauguración de un mundo nuevo sobre los escombros del antiguo.

Los evangelios presentan ante todo una escatología intrahistórica o de presente (cf. Mt 6,9-13: e! Padre nuestro). La época final comienza con la muerte-resurrección de Jesús, que, por el  don del Espíritu a los hombres, inaugura el reinado de Dios. La época final no destruye la pasada, sino que coexiste con ella. Se verifican, sin embargo, acontecimientos que van liberando a la humanidad y extendiendo el reinado de Dios; en primer lugar, la destrucción de la nación judía, centrada en e! templo (Mc 13,2.19 par.), que permitirá la entrada de los paganos en el Reino (Mc 9,1; 13,30 par.). Seguirá la caída sucesiva de otros regímenes opresores (Mc 13,24s par.). La caída de los opresores supone el triunfo del Hombre, presentado bajo la imagen de su llegada gloriosa (Mc 14,62; 13,26 par.).

La historia se concibe como un proceso de maduración de la humanidad gracias a la difusión de! mensaje de Jesús y a la comunicación de vida (Mc 4,26-29.30-32 par.).

El reino de Dios o sociedad humana según e! designio divino no termina, sin embargo, en este mundo. Jesús afirma que «el poder de la muerte no la derrotará» (Mt 16,18); de hecho, los que han contribuido a la difusión del mensaje y han sufrido persecución y muerte van siendo reunidos por Jesús en e! Reino definitivo (Mc 13,27 par.). Se va constituyendo así la ciudad permanente (Heb 11,10).

II. a) En Jn, la expresión «e! último día» sustituye a la que era habitual en el judaísmo, «e! final del los días»; ésta señalaba la divisoria entre dos mundos o edades, e! fin de! mundo antiguo y perecedero y el principio de! mundo definitivo, que coincidía con el fin de la historia.

La expresión aparece siete veces: cinco utilizada por Jesús (6,39.40.44.54, referida a la resurrección; 12,48, al juicio que ejercerá su mensaje), una por el narrador (7,37, referida a la fiesta de las Chozas), una por Marta (11,24, referida a la resurrección).

Marta piensa en categorías tradicionales judías (11,24: Ya sé) y considera el último día fecha lejana. En boca de Jesús «el último día» (cf. 7,37-39) es el de su muerte, el de la nueva Pascua. Jn concentra así toda la expectación escatológica del AT en la muerte de Jesús, que es su exaltación (cf. 3,14); ella es la divisoria entre las dos edades. La escatología se inserta en la historia; en la cruz comienza el mundo nuevo y definitivo.

En la cruz se verifican los acontecimientos de «el último día»: el juicio del mundo y de su jefe (12,32s; cf. 12,48), la efusión universal del Espíritu al 3,14s), la realidad de la vida definitiva (3,14s), la resurrección (6,39ss).


El mundo antiguo es el de la creación no terminada, el mundo de «la carne»; el nuevo es la creación llevada a su término, el mundo del «espíritu». La cruz, símbolo de su muerteexaltación, es el estado definitivo de Jesús (3,14s; 12,32; 19,34), simbolizado por el costado abierto aun después de la resurrección (20,20.25.27), de donde invita a todos a beber del agua del Espíritu (7,37-39). De ahí que «el último día» se prolongue a lo largo de la historia, ejerciendo en ella el juicio del mundo y concediendo la vida definitiva y la resurrección a más y más hombres. Crea así el ámbito del mundo definitivo en medio del mundo transitorio.


Jn concibe así la realidad escatológica como realizada plenamente en Jesús y progresivamente en los hombres; es una escatología presente, pero no estática, sino con un dinamismo de integración. La humanidad nueva va existiendo a medida que se termina la creación en los individuos con el don del Espíritu.             

b) «El último día», en cuanto abre el mundo definitivo y se prolonga en la historia, se llama «el primer día de la semana» (20,1.19), aludiendo al principio de la creación (Gn 1,5). Es el principio del mundo nuevo y señala su novedad. Es, al mismo tiempo, «el octavo día» (20,26). Por oposición al número siete, que indicaba el término de la primera creación, el ocho denota el mundo venidero. El día que es «último», final, es al mismo tiempo «primero», inaugural, y «octavo», pleno y definitivo.

Otra denominación del día "último» y «primero» es «aquel día», el de la vuelta de Jesús con los suyos después de su muerte (14,20;16,23.26).

c) En Jn, Jesús menciona dos subidas al Padre, una definitiva(20,17; cf. 3,13) Y una no definitiva. Esta última supone una vuelta y corresponde a la marcha de Jesús para enviar el Espíritu (15,26; cf. 20,22); esta «subida» se identifica con la exaltación de Jesús, el Hombre levantado en alto (3,14s; 8,28; 12,31), verificada en su muerte (19,30). A partir de entonces se verifica la continua venida de Jesús (20,19.26; 21,13.22; cf. 14,3.28). Bajo esta imagen se describe su acción permanente en la comunidad.

La subida definitiva, mencionada dos veces (3,13; 20,17), no admite vuelta (subir al cielo/al Padre para quedarse); cuando se verifique será el momento de la unión definitiva (20,17). Con esta imagen señala Jn que el proceso de realización de la humanidad llegará a su término y alcanzará su plenitud. Habrá un momento en que Jesús deje de venir (21,22); será entonces cuando tendrá lugar «la subida definitiva» del Hombre con la nueva humanidad realizada. Cesará la coexistencia del mundo antiguo con el nuevo, permaneciendo solamente el mundo transformado, la plenitud de la nueva creación.

III. Existe en la comunidad judeocreyente la expectativa de una segunda venida de Jesús para restaurar el reino de Israel (Hch 1,6; 3,20s). También las cartas paulinas reflejan una expectación semejante, aunque referida a la comunidad cristiana (1 Cor 7,29-31). En 2 Tes se atribuye a la llegada del Señor un carácter vindicativo, con alivio de los cristianos y castigo para sus perseguidores (2 Tes 1,4-10). La segunda carta de Pedro constituye una excepción, pues concibe el fin como una conflagración apocalíptica, con destrucción del mundo por el fuego (2 Pe 3,10-13).

IV. El Apocalipsis presenta una visión de la historia muy semejante a la de Marcos. La destrucción de Jerusalén queda en el pasado, y el proceso liberador de la humanidad está concentrado en la caída del Imperio romano, como realidad histórica y prototipo del poder opresor (13; 17-18). La realidad futura no está precedida de una catástrofe apocalíptica. Se concibe como una ciudad, la nueva Jerusalén, don de Dios a los hombres en el nuevo universo (Ap 21-22).

ENEMIGO.

I. El término griego diábolos significa «calumniador, chismoso» (1 Tim 3,11; Tit 2,3). A menudo traduce el hebr. satan (Jn 13,27; cf. Ap 20,2), que designa originalmente al adversario que acusa en un juicio (Sal 108,6; d. 1 Mac 1,36); de ahí pasa a significar un miembro de la corte celeste que acusa al hombre ante Dios (Job 1,6-12; 2,1-7); más tarde, separado ya de la corte celeste, se llama «Satanás» a un espíritu enemigo del hombre, que procura su ruina y quiere destruir la obra de Dios.

II. «El Malo/Perverso» (gr. ho ponêrós: Mt 5,37; 6,13; Jn 17,15) es una denominación del Enemigo que indica su maldad intrínseca y lo presenta como inspirador del «modo de obrar perverso» propio del mundo (Jn 7,7; cf. 3,20; Mt 7,11; Lc 11,13).

En Mc, y de modo semejante, en Mt y Lc, Satanás (Mc 1,13; Mt 4,10; Le 4,2.3.613: «el diablo») es la: figura del poder, que tienta al hombre excitando su ambición de dominio. La tentación del desierto se va verificando durante la vida pública de Jesús (cf. 1,24; 3,l1s; 8,11; 10,2). Pedro, que se opone al destino del Hombre, encarna la figura de Satanás (8,31-33; Mt 16,23).

En Jn, «tener por padre al Enemigo/diablo» se opone a «tener por Padre a Dios» e implica obrar de modo contrario al designio divino y ser idólatra (8,41b), acusación implícita en 2,16: «casa de negocios»; el dios que ha suplantado al Dios de Israel es la ambición de riquezas. Jn identifica al Enemigo homicida y embustero con el poder del dinero. Como el que nace del Espíritu es «espíritu», el que nace del Enemigo es «enemigo», agente de mentira y de muerte (6,78; cf. 12,5s; 13,21,30).

Jesús pide al Padre que guarde del Perverso a los discípulos (17,15). La obra de Jesús fracasaría si la comunidad, que debe permanecer en medio de la sociedad existente, se dejara arrastrar por la ambición de dinero y poder, asimilándose a la injusticia del mundo (cf. 7,7).

En los otros escritos del NT se menciona a veces a Satanás (cf. 1 Cor 3,5; 2 Cor 11,14; Ap 2,9.13.24; 12,9; 20,2.7) Y «al diablo» (cf. Hch 10,38; Ef 4,27; 1 Pe 5,8; 1 Jn 3,8; Ap 2,10. 12,9; 20,2).

III. Enemigo, tiniebla, mundo. Relación de estos tres conceptos en Jn: a) El Enemigo, el dios-dinero, está instalado en el templo (2,16), su santuario es el Tesoro (8,20); es «padre» de los dirigentes y «padre» de la mentira (8,44). Es decir, la ambición y culto del dinero da origen a dos realidades: un círculo de poder (los dirigentes) y una ideología (la mentira).

b) La ambición cristaliza en un grupo dominante que, a costa del pueblo busca su propio provecho (10,1.8.10: ladrones) y gloria (5,40-44; 7,18; 12,42s). Está personificado por Jn en la figura de «el Jefe del mundo/orden este» (12,32; 14,30; 16,11), que subraya la identidad de motivación y unanimidad de objetivos del círculo de poder. Es un tirano homicida, como el principio que lo inspira (8,44; cf. 8,40; 11,53); tiene a su servicio guardias y siervos (18,18), agentes de su violencia (7,32; 18,3. 12.22; 19,6; d. 10,1.8: bandidos).

c) El círculo de poder crea una ideología que justifica su posición y somete al pueblo, inspirada por e! mismo principio: el provecho y gloria personal. La ideología al servicio del dios-dinero propone una idea falsa de Dios (la mentira), que oculta (1,5: la tiniebla) el designio de su amor. Presenta un dios que priva al hombre de libertad, sometiéndolo a una Ley y que pone la observancia de ésta por encima del bien de! hombre (5,10.16.18; 7,22s; 9,16.24). Enseña al pueblo a no tener opinión propia (7,26) y a someterse a los maestros y a los jefes (7,40); presenta el plan salvador de Dios en clave de poder y dependencia (Mesías dominador) no de amor y libertad (2,17; 3,2; 12,34); dicta las condiciones para agradar a Dios (11,56; d. 7,49); prescribe el culto explotador (2,14-16; 10,1.10).

d) El conjunto de los que aceptan la ideología y se adhieren al sistema de poder constituye «el mundo» (7,7; 15,18ss), la estructura social injusta (8,23), la solidaridad del mal. El influjo de la ideología es tan fuerte que, a pesar del deseo de liberación que experimenta, el pueblo vuelve a dejarse dominar por ella (12,34s.40).

IV. Frente a esta realidad de mal, enemiga de Dios, aparece la realidad que Dios crea:

a) El Padre, el único Dios verdadero (17,3), es Espíritu (4,24), es decir, fuerza de amor, don gratuito y generoso de sí mismo (1,14). Su santuario es Jesús, e! Hijo, en quien brilla su gloria/amor. El infunde al hombre su Espíritu/amor, diametralmente opuesto a toda ambición de provecho o gloria personal (5,40; 7,18).

b) Frente al «jefe del orden este» (el círculo de poder) está Jesús, el rey que no pertenece al orden este (18,36), quien, en vez de quitar la vida al hombre, da la suya para salvarlo de la muerte y comunicarle vida abundante (19,30: el Espíritu; 3,14s: vida definitiva; cf. 6,39s; 10,10b). Este rey no tiene guardias (18,36) ni siervos, sino amigos (15,13-15).

c) Misión de este reyes dar testimonio de la verdad, la del amor incondicional de Dios por la humanidad (3,16) y de su proyecto sobre el hombre (1,4), opuesta a la mentira del dios que somete al hombre; él es la luz que libera de la tiniebla (8,12; 9,5; 12,35s.46). Hace conocer la verdad/vida comunicando el Espíritu de la verdad (14,17; 15,26; 16,13; cf. 19,30) que hace experimentar el amor de Dios y crea la relación Padre-hijo y da al hombre la libertad y dignidad propia de los hijos de Dios (8, 31s).

d) El conjunto de los que reciben el Espíritu de Dios dando su adhesión a Jesús constituye la humanidad nueva; da así comienzo la sociedad según el proyecto de Dios, la solidaridad del amor, que se expresa en el servicio mutuo (13,15.34) y realiza las obras de Dios en favor del hombre (9,4).