lunes, 2 de enero de 2012

SEÑOR.

El título «Señor», aplicado a Dios en el AT, se aplica también a Jesús, indicando su condición divina (Hch 2,36; Rom 1,4; 1 Cor 1,2; 2 Cor 1,2; Gál 1,3; Ef 1,2; 4,5; F1p 1,2; 2,11; Col 1,3; 1 Tes 1,1, etc.), Sin embargo, la connotación de dominio que incluía este título queda neutralizada explícitamente en Jn, donde Jesús llama a los suyos, no siervos, sino amigos (Jn 15,15.17). La denominación «amigos», que implica igualdad, se encuentra también en Lc (12,4), donde Jesús afirma que el discípulo, una vez terminado su aprendizaje, será igual al maestro (Lc 6,40). La misma igualdad se expresa con el término «hermanos» (Jn 20,17; Mt 28,10). Como se ve, el título «Señor» pierde su carácter relativo, que implica la relación Señor-súbdito, y pasa a indicar la libertad propia de la condición divina (cf. Mc 2,28), que Jesús comunica a sus seguidores (cf. Jn 13,3-10). «Señor» es aquel que no tiene que someterse a nadie. De hecho la relación con Jesús y con el Padre no es de sumisión, sino de identificación.
La igualdad está expresada en Mc por la comunicación a los suyos de la «autoridad» (gr. exousía) de Jesús (13,34). En general, la infusión del Espíritu coloca al seguidor en el nivel de «señor» como Jesús mismo .

SEÑAL.

I. En Mc 8,11 par. (cf. Jn 6,26), los fariseos exigen de Jesús una señal del cielo que lo acredite como Mesías liberador de Israel, en paralelo con Moisés. Jesús se niega a dar señal alguna a «esta generación», «idólatra y descreída» (8,38 par.), «infiel» (9,19 par.). En Mt 12,39 par. y 16,1-4 Jesús anuncia que la única señal será la de Jonás.
En Mc 13,4 par., los discípulos suponen que, cuando parezca inminente la destrucción de Jerusalén y del templo, habrá una señal que anuncie la intervención divina, evite la ruina de la nación y dé comienzo a la restauración gloriosa de Israel. En 13,14-23 par. responde Jesús a la pregunta sobre la señal: invitando a la huida precipitada y ponderando la gravedad de la ruina, les muestra que no habrá señal salvadora, que la destrucción será total, como lo había predicho (13,2 par.). Los falsos profetas prometen señales portentosas, que no hay que creer (13,21-22 par.).

Sin usar el término «señal», Jesús les indica que la destrucción de Jerusalén anuncia la entrada de los paganos en el Reino (13,28s par.), que ha de suceder antes que pase su propia generación (13,30s par.).
II. En Jn, «señal» es una acción realizada por Jesús, que, siendo visible, lleva de por sí al conocimiento de una realidad superior.

Jesús realiza en Jn dos señales programáticas, que dan claves para interpretar la actividad que sigue. La primera es la de la boda de Caná (2,1-11): Jesús sustituirá la antigua alianza basada en la Ley por la nueva basada en el Espíritu/amor leal (1,17). Amor leal al hombre (1,14). Da la clave de interpretación de todas las señales de la vida de Jesús: en cada una hay que descubrir la manifestación de su gloria/amor (cf. 11,4.40); cada una anticipa el amor hasta el fin (13,1) que Jesús va a mostrar en su muerte.
La segunda señal programática es la curación del hijo del funcionario real (4,46b-54); es una explicación de la primera en clave antropológica. Su efecto no se produce en el círculo de la alianza-boda, sino fuera, en la humanidad, sin ninguna alusión a religión o raza. Muestra que el propósito de Jesús es dar vida al hombre, que está a punto de muerte. Excluye Jesús todo aspecto espectacular de su actividad: su gloria/amor no va a manifestarse con señales portentosas. Orienta así Jn al lector sobre la verdadera índole de lo narrado en los episodios siguientes.

La señal mesiánica que propone Jesús a los dirigentes del templo es su resurrección (2,19), que manifestará su victoria sobre la muerte y la presencia de la gloria/amor accesible en él al hombre
III. En el Apocalipsis, cf. 12,1 (la mujer), 12,3 (el dragón), 15,1 (los sietes ángeles con los siete cuencos).

SANGRE.

La sangre es símbolo de la vida (cf. Lv 17,11.14) y, en cuanto derramada, de la muerte violenta. La carne y la sangre de Jesús significan su persona como don, su entrega hasta la muerte por amor a la humanidad, a la cual el hombre, para tener vida, ha de asimilarse (Jn 6,53-56: «comer y beber»).
Al traspasar el costado de Jesús salen sangre yagua (Jn 19, 34), símbolos respectivamente de su amor al hombre (sangre derramada por él) y del Espíritu/amor que le comunica, como fruto de su muerte.

La sangre/muerte de Jesús es propiciación (Rom 3,25), rehabilitación (Rom 5,9), rescate (Ef 1,7), pacificación (Col 1,20), purificación (1 Jn 1,7). Tomando pie de la ceremonia de la sangre del sumo sacerdote judío el día de la expiación, Heb 9,6-31 hace una interpretación de la muerte-exaltación de Jesús, contraponiendo la eficacia de ésta a la ineficacia de los antiguos ritos.

SALVACIÓN.

Salvación equivale a vida. Hay dos clases de salvación (Mc 8,35), la que consiste en conservar la vida física (<<el que quiera poner a salvo su vida, la perderá»; cf. Mc 10.26 par.: subsistir; 13,20; 15,30s par.) y la que consiste en superar la muerte (<<el que pierda su vida por causa mía y de la buena noticia, la pondrá a salvo»; cf. Mc 13,13b). Es decir, para Jesús, la vida física no es el valor supremo y el miedo a perderla somete al hombre a la esclavitud.
En los relatos de curación, el verbo therapéuo, «curar», significa la eliminación del mal (Mc 1,34; 6,13); el verbo sozo, «salvar», la infusión del Espíritu, que supone la adhesión a Jesús y cura definitivamente la debilidad/enfermedad de hombre (Mc 5,28.34; 6,46; 10,12).

Jesús es la salvación (Le 2,30; Jn 4,22). Sólo en él se encuentra la salvación (Hch 4,2.12). Salvación universal (Lc 3,6; Hch 2,21; Rom 10,13; 1 Tim 2,4). El evangelio, salvación (Rom 1,16; Ef 1,13). Jesús, pionero de la salvación (Heb 2,10). El plan de Dios es salvar al hombre, es decir, darle vida definitiva Un 3,17; 12,47). Salvación actual (Hch 2,47; 1 Cor 1,18; 2 Cor 2,15; Ef 2,5.8); futura (Rom 5,8).

RIQUEZA.

La riqueza es obstáculo para el individuo porque toma el puesto de Dios (Mt 6,24), por eso es prácticamente imposible que un rico siga a Jesús (Mc 10,24s par.); es obstáculo para el Reino, porque crea injusticia en la sociedad; de ahí que Jesús exija al rico el abandono de su riqueza (Mc 10,21 par.). Apostrofa a los ricos (Lc 6,24-26), los ve inconscientes ante la catástrofe (Le 12,18); la riqueza es efímera (Mt 6,19-21) e injusta (Lc 16,9.11) y no es el bien propio del hombre (ib. 12). El deseo de riqueza impide al mensaje dar fruto (Mc 4;19). El egoísmo de la riqueza olvida al prójimo (Lc 16,19-21) y hace insensible a la revelación de Dios (Lc 16,29-31). La salvación de Zaqueo se manifiesta en su deseo de reparar toda injusticia (Lc 19,8-10).

Jesús prohíbe a los suyos llevar dinero para la misión (Mt 10,9 par.). El grupo vivía de lo que le daban y tenía bolsa común (Jn 12,6; 13,29). Un grupo de mujeres le ayudaba económicamente (Lc 8,3).
La vida del grupo era pobre (Mt 5,3), pero nunca se dice que pasara hambre o necesidad, ni siquiera durante la misión (Lc 22,25). Jesús alecciona a los discípulos remisos a que dejen el dinero (Lc 16,1-3). Los ricos se burlan de su enseñanza (ibid. 14).

El sistema económico del "Reino no se basa en el comprar, que hace imposible la subsistencia de los más débiles (Jn 6,5-7 par.), sino en el compartir (Mc 6,33-44 par.; 8,1-10 par.), que asegura la abundancia Mc 6,43; 8,8,19s par.).

RESURRECCIÓN.

I. El sustantivo gr. anástasis y el verbo anistémi denotan el hecho de ponerse en pie y, contextualmente, el «ponerse de nuevo en pie », Este significado se especifica según los contextos: "ponerse en pie/comparecer •• en un juicio (Mt 12,41; Jn 5,29), o «resucitar/resurrección •• , ponerse de nuevo en pie el que yacía muerto (Mc 8,31 par.; 9,31 par.; 10,34 par., etc.; Jn 11,23s; 20,9; 1 Tes 4,14.16), también en sentido metafórico (Ef 5,14). Como transitivo significa "levantar/resucitar» a alguien (Jn 6,39s.44.54).

El verbo gr. egeirO/-omai significa «levantat/-se» (Jn 2,19; 5,21; 12,1.9.17: levantar; 2,22; 5,8; 11,29; 21,14: levantarse). Puede usarse como sinónimo de anístamai (Mc 12,26; Lc 11,31s).

En los sinópticos, el pasaje más explícito sobre la resurrección se encuentra en la controversia de los Saduceos con Jesús en el templo (Mc 12,18-25 par.). Contra el materialismo saduceo, que no admitía una vida más allá de la muerte, y la concepción farisea, que relegaba la resurrección a un futuro lejano y concebía la nueva vida como una mera continuación de la presente, Jesús afirma la potencia de Dios, dador de vida (12,24; cf. 13,26s; 14,62): habla de la resurrección en presente (12,25: «cuando resucitan de la muerte») y, de hecho, Abrahán, Isaac y Jacob, vivos para Dios, prueban la existencia de la vida después de la muerte física (12,26s). La condición de los resucitados no es como la de la vida mortal, «son como ángeles» (12,25), en el significado de «hijos de Dios», cuya vida no se transmite por generación natural.

II. En Jn hay que distinguir el uso de los dos verbos citados. «Levantar/-se- está en relación con la «debilidad/enfermedad» (gr. asthéneia). A las dos clases de «debilidad», la que lleva a la muerte (5,5) y la que no es para muerte (11,14), corresponden dos tipos de «levantar/se».

a) El primero se encuentra en el episodio del inválido de la piscina y equivale a «dar la salud/la integridad» al hombre que carece de ella (5,8.9a.11); esto se formula como «levantar a los muertos dándoles vida» (5,21). El inválido es tipo de la muchedumbre de enfermos (5,3), que son «los muertos», hombres privados de vida en los que está frustrado el designio divino (cf. 6,40), los que, debido a una situación de «pecado» (5,14), están destinados a morir para siempre (3,16; 6,39; 17,12: perderse, la perdición). «Levantar a los muertos» significa, por tanto, sacar al hombre de la situación de pecado dándole vida definitiva (3,6; 6,63), hacer pasar de la muerte a la vida (5,24).

b) El segundo tipo, «levantar/ese de la muerte/de entre los muertos», se aplica en primer término al «cuerpo» (soma) de Jesús (2,19-21) o a Jesús mismo (2,22; 21,14); en segundo lugar, a Lázaro (12,1.9.17). En el caso de Jesús está en relación con su muerte física (destrucción del santuario/su cuerpo); en el de Lázaro, paralelamente, sigue a una «debilidad» que no es para muerte (11,4). "Levantar» significa, pues, hacer superar la última debilidad propia de la «carne», la muerte física.

c) Según Jn, por tanto, el hombre tiene una doble posibilidad:

 1. Nace como «carne» débil, que por sí misma acaba en la muerte física. Ante él se presentan dos opciones: secundar la aspiración a la vida inherente a su ser de hombre (cf. 1,4) o reprimirla, haciendo suya la ideología que la extingue (1,5: la tiniebla; cf. 5,3: ciegos; 5,14: «no peques rnás»). La opción positiva lleva a recibir el Espíritu y, con él, la vida definitiva. La opción negativa (el pecado) priva al hombre de vida y lo condena a muerte definitiva.


 2. Por la opción positiva el hombre es «carne» + «Espíritu» (san: pneuma). Pasada la muerte, última muestra de la debilidad de la «carne", el «yo» (psykhe = hombre en cuanto individualidad consciente y libre) y el «cuerpo» (soma = hombre en cuanto individualidad designable y activa), entran en su estadio definitivo. Según esta concepción, el hombre es un proyecto de inmortalidad (3,16; cf. 6,40), que no se realiza sin su opción y colaboración. 
Al proyecto realizado corresponde la vida definitiva (zoe aioniosv; al no realizado, la muerte definitiva (apóleia) .

III. Los términos «resucitar/resurrección» no tienen relación con la «debilidad», sino con la vida definitiva: «resucitar» es lo contrario de «perderse» (6,39), que significa morir para siempre. La resurrección consiste, pues, en superar la muerte física, es la continuidad de una vida que no puede perecer.

 La muerte definitiva se evita lo mismo teniendo vida definitiva (3,16) que siendo resucitado el último día (6,39); de alguna manera, por tanto, se identifican vida definitiva y resurrección; cada fórmula presenta, pues, un aspecto de la misma realidad. Otra fórmula para el mismo hecho es «vivir para siempre» (6,58). Por otra parte, la vida definitiva es fruto de la fe en Jesús (3,16) ya durante la vida terrena; se confirma, pues, que la resurrección no es más que un aspecto de esa vida.

La resurrección se consideraba propia del «último día» y restauraba la vida del hombre interrumpida o disminuida por la muerte. Para Jesús no es así, pues la vida definitiva excluye la muerte, y la posee ya quien ha recibido el Espíritu. La resurrección, por tanto, señala solamente, por oposición a «la perdición», que el encuentro de esa vida con la muerte física se resuelve en la victoria de la vida (8,51).

IV. El episodio de Lázaro escenifica los dichos de Jesús: la comunidad de discípulos de mentalidad tradicional judía  no ha percibido el alcance del amor de Dios, quien, por medio de Jesús, da al hombre vida definitiva. Han colocado a Lázaro en el sepulcro de los muertos, separándolo con la losa del mundo de los vivos (11 ,38.41). Jesús los lleva a la plena fe (11,40). Quitan la losa, desatan al muerto y lo dejan marcharse a la casa del Padre (11 ,44). Han comprendido la continuidad de la vida a través de la muerte. En la cena de Betania (12,1-3), Lázaro es figura representativa de la comunidad en cuanto ésta posee vida definitiva que supera la muerte (la comunidad de «los resucitados de la muerte») y es objeto de persecución por parte de los sumos sacerdotes (12,9s).


V. La resurrección de Jesús se formula dos veces como «levantarse de la muerte/de entre los muertos» (2,22; 21,14; cf. 2, 20) Y una vez Como «resucitar de la muerte» (20,9). La primera formulación significa que Jesús ha dejado atrás la última debilidad de «la carne», la muerte física, para entrar en el estadio definitivo de su humanidad individual. La segunda significa la permanencia de la vida después de la muerte e indica que Jesús es el primero en cruzar esa frontera; así lo simboliza «el 
sepulcro nuevo, donde nadie había sido puesto todavía» (19,41).

Jesús resucitado se hace presente en medio del grupo de discípulos (20,19). Habla a los suyos y les muestra sus manos y su costado (20,20). Son signos de identificación: es el mismo Jesús que ha muerto en la cruz; se subraya con ellos, por una parte, la continuidad de la vida individual; por otra, que su nueva realidad no deja de ser condición humana. «Las manos» significan su potencia (3,34; cf. 13,3); «el costado», su amor (19,34).

VI. El descubrimiento del sepulcro vacío pone en movimiento a los discípulos (Mt 28,1-10 par.). El anuncio se hace por medio de un ángel (Mt 28,5s), de un joven, figura de Jesús mismo (Me 16,6), de dos hombres, figuras de Moisés y Elías (Lc 24,5s).

 Apariciones: a las mujeres (Mt 28,9s par.), a dos discípulos (Lc 24,23-35); a los discípulos en Jerusalén (Lc 24,36-43); Jn 20,19-29), en Galilea a siete discípulos junto al lago (]n 21,1-14), a los Once en un monte (Mt 28,16-20; cf. 1 Cor 15,3-8). Misión (Mt 28,19s; Mc 16,7; Lc 24,46-48; Jn 20,21-23; Hch 1,8). Ascensión (Lc 24,50s; Hch 1,9).

VII. La resurrección de Jesús es causa de nuestra rehabilitación (Rom 4,25) y salvación (5,10), de nueva vida (6,4), de esperanza en la propia resurrección (8,11), fundamento de la fe (1 Cor 15, 16s) .

Pablo trata largamente de la resurrección en 1 Cor 15,1-58. Expone testimonios sobre la resurrección de Jesús (15,1-11). Afirma que ésta es la garantía de la de los cristianos (15,12-34). Con diversas comparaciones e imágenes describe la condición de los resucitados y prueba por la Escritura la victoria sobre la muerte (15,35-58).

REINO DE DIOS.

El término griego basileia significa: 1) realeza, dignidad real (Lc 19,12.15; 22,29; Jn 18,36); 2) reinado, gobierno; 3) reino, súbditos y territorio; 4) casa real, linaje real (Ap 1,6.9; 5,10).


 I. Como en la tradición judía, basileia suele tener en el NT sentido dinámico, «reinado» o «gobierno» de Dios: que Dios va a reinar es la buena noticia (Mt 3,2; 4,17.23; 9,35; 10,7; 24,14; Mc 1,Í4s; Lc 8,1; 19,11) Y el mensaje (Mt 13,19). Dios va a realizar el ideal de rey justo, anhelado en el AT, defendiendo y protegiendo a los débiles, oprimidos, desvalidos y pobres contra el explotador (Sal 72,4.12-15; cf. Is 29,20). 

El manifiesto del reinado de Dios son las bienaventuranzas (Mt 5,3- 10.12; Lc 6,20-26), Y su programa aparece en los textos proféticos con los que Jesús explica su actividad (Mt 11,5s; Le 4,16-21).

«El reino de Dios» es una denominación teológica de la sociedad alternativa que Jesús propone a la humanidad.


II. Ante la dominación extranjera, Israel puso su esperanza en una instauración gloriosa del Reino por medio del Mesías, que humillaría a los paganos; Elías había de preparar su llegada (d. Mt 11,14; 17,10). El reinado de Dios había de inaugurarse con una especie de golpe de Estado que pondría fin a los reinos precedentes (Dn 2,44) 

Jesús corrige esta concepción: distingue claramente las dos etapas del reinado de Dios, la histórica y la final.

a) Etapa histórica. El reino de Dios es la sociedad alternativa que responde al proyecto de Dios sobre el hombre. La entrada en ella se describe como presente y sucesiva (Mt 23,13); el reino de Dios se compara a una cosecha que va madurando (Mt 13,24-29.36-38), a un árbol que crece, a una masa que fermenta, a una red que va recogiendo peces buenos y malos hasta llenarse (Mt 13,31-33.47s). El reino de Dios se acepta (Mc 10,15); es el tiempo para negociar con el capital recibido (Lc 19,13; cf. Mt 25,15-17) Y durante el cual se puede pecar (Mt 18,21.28s). Israel era destinatario del Reino (Mt 8,12), pero por su infidelidad deja de serio; se formará otro pueblo (Mt 21,43 par.). La culpa es de los jefes, cuya religiosidad oficial encubre la infidelidad a Dios (Mt 21, 32.35-39).

 b} Etapa final. La vida definitiva que comunica el Espíritu hace que la comunidad de Jesús (Mc 10,29) y los hombres que han practicado el amor al prójimo (Mt 19,16-19; 25,34) constituyan la etapa definitiva del' Reino, la humanidad en su estado final. La incorporación sucesiva a ella de los seguidores de Jesús que van dando la vida en la misión queda descrita en Mc 13,26-27 par. La expresión «cerrar la puerta» en Le 13,25 se refiere al fin de la oportunidad de Israel como pueblo, aunque queda abierta para los individuos; las de Mt 13,30.39-43 (siega), 13,48-50 (separación de los peces), 25,10s (cerrar la puerta), 25,19 (rendimiento de cuentas, cf. Lc 19,11-27), son imágenes que proponen la suerte final para estimular a la responsabilidad (cf. 22,11-13). En Mt, la fase final del Reino se llama «el reinado del Padre» (13,43; 26,29; cf. 1 Cor 15,24).

III. Para Jesús, la etapa histórica del reino de Dios no incluía la restauración del reino de Israel (Mc 12,35-37 par.; cf. Hch 1,6) ni la humillación de los paganos (cf. Is 34,8; 35,4c; 61,2b y Lc 4,16-21; Mt 11,5s). Tampoco se haría por un golpe de fuerza divino; Dios no coacciona, espera la opción personal del hombre (Mc .10,15; Lc 17,20s); habrá muchos fracasos (Mt 13,4-8.18-23 par.), pero la humanidad está preparada (Me 4,26-29) y el éxito es seguro (Mt 13,31-33 par.).

El reino de Dios no es puramente interior, sino un hecho social con exigencias muy definidas (cf. 1); no consiste en profesar unas ideas, sino en realizar un nuevo modo de vida (Mt 7,21.24.26; 13,20s). Jesús forma un grupo que debe reflejar las características del Reino (Mc 1,16-21a; 2,14-17 par.), para que garantice la permanencia de la alternativa y presente de hecho la meta que él propone (Mt 5,13-16).

El lugar donde Dios reina se identifica así con la comunidad de Jesús; «entrar en el reino de Dios» y hacerse seguidor de Jesús llegan a ser equivalentes (cf. Lc 18,22-24 y 14,33; Mt 18,4 Y 20,26).

El mensaje de Jesús, que proclama las exigencias del Reino, produce una profunda división (Lc 12,51; Mt 10,34 par.). La sociedad detestará a los que lo practican (<<la cruz»: Mt 10,38; 16,24 par.). Mientras el reino de Dios era lejano anuncio profético, todos decían desearlo, pero al hacerse realidad se desata la violencia contra él (Mt 11,12-14; Lc 16,16).

Ya la etapa histórica del Reino asegura la felicidad (Mc 10,29s par.; cf. Mt 13,44-46). La vida en el Reino definitivo se representa como un banquete (Mt 8,11; Lc 13,28s; cf. Mt 6,11; 26,29 par.; Lc 16,23) o como su equivalente, una fiesta (Mt 25,21.23).

IV. «El secreto del reino de Dios» (Mc 4,11; Mt 13,11 y Lc 8,10: «los secretos-) se refiere en primer lugar a su universalidad (Mc 1,39- 45; 2,1-13.14) opuesta al exclusivismo judío; ésta implica la igualdad de todos los hombres ante el Reino y el fin del ideal judío de gloria nacional y dominio sobre las naciones; se crea la comunidad universal (2,15- 17); paralelamente, cesan las instituciones de Israel, ineptas para la nueva realidad (Mc 2,18-22 par.); cesa incluso la Ley (2,23-28). El valor supremo es el hombre, y para promover su bien hay que estar dispuesto a arriesgar la vida (3,1-7a).